Recuerdo una excursión escolar al campo un 21 de setiembre, tal vez a mis diez años; estaba yo tendido en un claro del bosque y mirando el cielo cuando de pronto las vi llegar: decenas de Tijeretas regresaban al sur junto con el calor, para anidar y criar pichones que se irían junto a sus padres a un lejano norte en el siguiente otoño. Conocía esas aves, pero nunca antes las había visto en tal cantidad y en pleno movimiento migratorio. Desde entonces siento que Tijeretas (Tyrannus savana) y primavera están indisolublemente fundidas en un crisol de plumas y equinoccio.
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| En una tarde de fuego esta Tijereta nos llegó desde su exilio invernal. |
